<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-5614415344836217065</id><updated>2012-02-16T12:32:44.331+02:00</updated><category term='submarinos'/><category term='aip'/><title type='text'>Biblioteca Naval</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecanaval.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5614415344836217065/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecanaval.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Kolbus</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07057833494137172146</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>1</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5614415344836217065.post-8184306318231273288</id><published>2007-08-15T02:03:00.000+02:00</published><updated>2007-08-15T02:53:24.196+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='submarinos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='aip'/><title type='text'>Viaje a bordo del submarino ''O'Higgins''</title><content type='html'>El "O'Higgins", joya bélica de la Armada chilena, la más poderosa de la flota junto con el "Carrera", llegó a su puerto base, Talcahuano, luego de 50 días de travesía desde Francia donde fue entregado. Nos embarcamos en Valparaíso para acompañar a la tripulación durante el último tramo. Éste es el relato de cómo se vive en una cápsula sin ventanas y poco espacio durante 40 horas bajo el agua, donde cualquier error puede significar la muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;center&gt;&lt;object width="425" height="350"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/_agbZv6Q8LQ&amp;rel=1"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="wmode" value="transparent"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/_agbZv6Q8LQ&amp;rel=1" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="425" height="350"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;/center&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span id="fullpost"&gt;&lt;br /&gt;Camino en silencio por el molo de abrigo que la Armada tiene en Valparaíso. Sábado 10 de diciembre, 20 horas. A un costado, en el mar, se encuentra fondeada una flota de buques de guerra. Altos, fuertes, artillados y apretujados, como en una convención de fortalezas. Pero no es lo que busco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el fondo del molo y detrás del buque escuela Esmeralda –refinado y arrogante–, se encuentra una máquina pequeña y oscura que parece un microscopio negro y tubular enquistado entre los demás navíos. Se trata de una joya bélica: es el "O'Higgins", la nueva arma disuasiva del país. En pocos minutos embarcaré en esa nave para realizar la última etapa de su viaje hacia lo que será su puerto base, Talcahuano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"El submarino más moderno de Sudamérica", así lo califican quienes conocen del tema. Una bestia silenciosa y furtiva de 66,4 metros de eslora (equivalente a un edificio de casi 20 pisos) y 6,2 metros de diámetro o manga, de la clase Scorpene, fabricado por el consorcio franco-español DCN-IZAR y capaz de desplazar 1.700 toneladas bajo el agua. Su velocidad máxima de inmersión son 20 nudos (unos 40 kilómetros por hora), puede sumergirse a 300 metros de profundidad y tiene una autonomía de 50 días de patrullaje. Eso, sin considerar una buena cantidad de torpedos, cuyo valor alcanza a un millón ochocientos mil dólares, cada uno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy en la cubierta y doy pasos cortos a través de un pasillo metálico, algo más rugoso que el resto del casco exterior. Allí está abierta la escotilla. Un marino me saluda y comienzo a bajar por la escalerilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El bolso que llevo en la espalda se queda enganchado en un escalón y me siento levemente atrapado en una especie de telaraña de metal. Luego me golpeo en la rodilla y al mirar hacia abajo mi frente impacta con fuerza con otro escalón. Duele. Pero más duele una traición. Con mis pies en el pasillo interior del "O'Higgins", de un metro de ancho y quince metros de largo, miro hacia arriba y veo un perfecto círculo de cielo. Luego, otro marino choca conmigo. "Permiso", me dice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bienvenido, ¿se embarca con nosotros?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asiento con la cabeza. Un hombre alto, con buzo de combate azul, me saluda con amabilidad marcial. Tiene los huesos de la cara marcados en la piel, y ese detalle curte sus expresiones y las hace de piedra. Es el suboficial Rojas, el "condestante" del buque y el hombre de mar de mayor rango en el buque, luego de los oficiales. Lo saludo con un apretón de manos fuerte, y me indica el camarote donde dormiré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Usted es alto, va a tener problemas –advierte–. Va a dormir poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No importa, me acostumbro rápido a las cosas –contesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Va a tener que doblar las rodillas o le va a doler el cuello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camarote son seis literas, dispuestas en dos filas, una sobre otra, en un lugar donde habría una cama de plaza y media y un velador, en condiciones normales. Mi camarote es el más alto y la curvatura de la pared hace que el metro y ochenta centímetros de su largo no los pueda ocupar del todo. El colchón no está mal y el saco de dormir brinda calor suficiente. Una pequeña lámpara lateral permite leer o escribir y una cortina corredera de color verde entrega la intimidad necesaria para dormir. Una correa exterior impide cualquier caída al piso. La distancia de mi cara al techo es de cuarenta centímetros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miro a Rojas, que se pone su boina azul sobre su pelo semicanoso. Su expresión es granítica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Perfecto –respondo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No es tan malo –dice Rojas–. A propósito: los submarinos no tienen ventanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco de cada cien personas en el mundo padecen de claustrofobia. Al menos, yo no soy uno de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comandante del "O'Higgins", capitán de fragata Cristian Figari, sube al buque, saluda a sus hombres y luego sube al puente de mando. Un día antes, el submarino había llegado a Valparaíso y hubo una bienvenida oficial, pero el viaje aún no ha terminado. Falta llegar a la base naval de Talcahuano. Será el último tramo de navegación del submarino después de 50 días de travesía desde que zarpó del puerto de Cherburgo, en Francia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Llevamos tres años y tres meses fuera de Chile, en Francia –explica Rojas–. No vamos a volver hasta que estemos con nuestras familias en Talcahuano. Ése va ser nuestro verdadero regreso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subo de nuevo las escaleras, hacia la cubierta. Cuatro hombres afinan los últimos detalles, sacan las amarras, cierran escotillas. Desde el molo algunos familiares porteños se despiden con las manos levantadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El submarino pasa al lado de la "Esmeralda" y la luz del sol empieza a desaparecer. Son las ocho y media de la noche. Valparaíso comienza a verse pequeño, como una foto carné. Estamos a punto de sumergirnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;VIVIR DOS VECES&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;center&gt;&lt;object width="425" height="350"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/8zd70s3vUss&amp;rel=1"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="wmode" value="transparent"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/8zd70s3vUss&amp;rel=1" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="425" height="350"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;/center&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La dotación del submarino es la suma de 38 miembros de la Armada, dos ingenieros de garantía franceses y tres invitados –el comandante de la Fuerza de Submarinos, contraalmirante Alejandro Herrmann, un camarógrafo de la Armada, y yo–. En total, 43 hombres que estarán navegando cerca de 40 horas bajo el agua hasta el destino final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El buque se mueve de un lado a otro, aunque de pronto, y muy suavemente, el cabeceo cesa y se inclina hacia la proa. Mi cuerpo se ladea y queda en ángulo agudo respecto del piso, como si me hubiera graduado de bailarín en el cuerpo de danza de Michael Jackson, en el video Smooth Criminal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Vamos a vivir bajo el agua –explica el cabo Marín–. Nos estamos sumergiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Y cuando regreses a la superficie vas a estar dos veces más viejo –dice el segundo comandante del submarino, capitán de goleta Juan Lerdón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Experiencia límite? –pregunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Porque navegar es vivir y navegar en submarinos es vivir dos veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con las luces rojas, el "O'Higgins" deja de moverse como una embarcación de superficie y se convierte en un elegante submarino. El discreto motor diésel-eléctrico funciona y el buque navega bajo el agua. Un niño llorando provoca mayor angustia. Bajando y bajando, los oídos se mantienen estables, no se produce ningún movimiento extraño y más bien resulta una situación nada desagradable al cuerpo y la mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Sientes alguna cosa rara? –me pregunta un marino con anteojos y un micrófono que rodea su cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo el silencio se siente con nitidez. El mundo aquí se circunscribe a un puñado de hombres a los cuales se les confía la vida. Si alguien falla, la muerte está a unos metros de profundidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son cerca de las 12 de la noche. La guardia colorada está al comando del submarino por ocho horas, mientras los dos tercios restantes de la dotación descansa. Y de eso se trata esta rutina: una guardia de oficiales y gente de mar –todos submarinistas que vieron cómo se construía el "O'Higgins" en Francia y se prepararon durante tres años para operarlo–, que se hace cargo de todas las funciones del submarino. El resto de la dotación, dos tercios de los 36 marinos, descansa en sus camarotes, come en cuatro ranchos al día, ve películas en los tres televisores dispuestos en el buque, escribe cartas, duerme o escucha música.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes, en los antiguos submarinos de la Armada –los alemanes 209– la tripulación jugaba dominó o truco. Ahora muchos compraron notebooks y juegan en sus literas o ven un DVD o escriben. Algunos, como ahora, conversan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sala de suboficiales. La luz roja está en el pasillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Aquí te conviertes en una familia –reflexiona el mayordomo, cabo Saravia–. Son tantos días de navegar juntos que trabajar aquí exige un carácter especial. Cuando uno quiere ingresar a la escuela de submarinistas, le hacen un examen físico y psicológico. No tienes que ser claustrofóbico y debes ser medio loco. Cuando uno ve a un alumno haciendo su práctica, nos damos cuenta al tiro quién sirve y quién no. Porque vivir bajo el agua implica vida o muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La guardia colorada está a cargo del monitoreo de los motores, el sistema eléctrico y mecánico y todas las funciones operativas del buque, más las labores tácticas y de sonar, la carta de navegación y que todo en la sala de comando funcione correctamente. El submarino, en definitiva, está en sus manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Cuando salgo de la casa y zarpamos, siempre le digo a mi mujer que no sé si volveré –dice el cabo primero Bart–. Porque cualquier cosa que le pase a un submarino acá abajo, o que se equivoque un compañero, sobreviene la muerte al momento. Eso todos lo sabemos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Por eso es que los alumnos sufren cuando llegan a un submarino –reflexiona el sargento Vázquez–. Acá llegan siendo nada. Si no están haciendo algo, deben estudiar. No podemos darnos el lujo de que no aprendan, porque cuando llegue el momento, les vamos a confiar la vida a ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sala de suboficiales, como la de oficiales y cabos, es un espacio con paredes semi curvas que tiene dos corridas de asientos acolchados y una mesa central semiplegable, que mide no más allá de un metro y medio de largo. Ahora hay sentadas seis personas por lado, y cuando hay que comer, bajan un brazo y se ponen de costado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ser alumno es la etapa en que más uno sufre –afirma el segundo comandante Lerdón–. Por eso todos saben que la piocha de submarinista cuesta. Oficiales y gente de mar. Lo saben todos. Y desde ese momento uno es humilde, aprende desde la humildad a tener excelencia. A poder convivir entre todos. A ser una especie de familia que sabe hacer su trabajo. Y bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Voy a jubilar cuando regrese –dice el suboficial Rojas–. Se acabó la carrera militar para mí. Toda una vida. El próximo año dejaré de ser submarinista. No me ascendieron a suboficial mayor y hay que retirarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos los que están sentados en la sala de suboficiales se quedan callados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Cuesta no imaginarse la vida bajo el agua –apunta el suboficial Rojas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miro la hora, tres de la mañana y treinta minutos. Siete horas dentro del casco de presión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;EL TRIÁNGULO&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Domingo 11 de diciembre, día electoral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Quién gana? –pregunta un cabo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ni idea, compadre –responde un sargento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Habrá segunda vuelta? –inquiere un teniente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No sé. A las once de la noche vamos a tratar de saber algo por radio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un submarino todo es pequeño. La sala de oficiales es igual a la de suboficiales y cabos. Los dos baños son tan minúsculos como aquellos que se ven en los aviones comerciales más pequeños. La cocina no mide más de dos metros de largo por dos de ancho y dentro de ese espacio caben dos refrigeradores, una cocina industrial, una campana, docenas de vasos, platos, ollas enormes y una pequeña despensa y un cocinero. Las vidas se acercan, quizás demasiado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Cuando nací tenía un pijama con un submarino bordado –cuenta el teniente primero Covarrubias–. Mi papá era submarinista. No había caso. Jugaba con submarinos de juguete. Pero también a mi papá no lo veíamos mucho, yo sé lo que eso significa. Pero mi padre era un hombre feliz. Y esa forma de ser se me pegó. Dicen que la primera regla es estar loco. Algo de locura uno debe tener.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Covarrubias mira la lectura del sonar. Tiene el pelo corto y canoso, a pesar de que no aparenta más de 35 años. Al frente de él, un sargento trabaja con compases y reglas, es calvo y lleva lentes. Lo mira un segundo, y vuelve a la carta de navegación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–El hecho de ser una unidad tan chica le otorga una cohesión especial –explica–. Cada uno depende del otro. En tiempos de paz, este submarino conlleva un riesgo implícito. Imagínate en conflicto. Nada debe fallar. La unión tiene que ver con la muerte, también. Con mi navegante, el sargento Baeza, llevamos nueve años seguidos juntos. Nos miramos y hay un entendimiento instantáneo. La relación entre todos es súper próxima. Uno aquí los conoce a todos, hay camaradería. Pero cuando uno está en guardia, o está trabajando, el switch cambia y todo es profesional, se toman las decisiones. Se acatan, como en toda fuerza naval.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día domingo pasa entre desayunos, una acción de gracias en la sala de torpedos, reuniones y una cena especial con hamburguesas y helado que hace la guardia colorada. El teniente Pájaro, jefe de la guardia, y yo cortamos 86 panes y preparamos sus respectivas hamburguesas, y lonjas de queso. Luego ven una película que se llama La Peor Talla con Matías Vicuña y Gonzalo Valenzuela, como protagonistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Comida para la manada –dice Pájaro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las horas bajo el mar pasan y no me doy cuenta de ello. Son las diez de la noche y ya van 25 horas de vida bajo las aguas. El comandante Figari está sentado en el puesto de comando. Sobre él, y colgando de unas tuberías hay un triángulo musical.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Yo tengo el siguiente concepto –explica el comandante Figari–: la dotación de un submarino es como una orquesta. Desde el director hasta el triangulista deben hacer su trabajo. Yo soy el director de esta orquesta y le pido al triangulista que toque bien. Y si algo pasa, lo traigo acá y hago que toque una vez el triángulo, para que comprenda que todos somos importantes en este buque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los sonares detectan el movimiento de unas hélices a través del sonar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ciento cinco revoluciones. Un eje de cinco palos, propulsión diésel. Clasificación, buque mercante, mi comandante –informa el teniente Pájaro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comandante ordena hacer un simulacro de lanzamiento de torpedos. La guardia se encuentra preparada y con el armamento asignado para el ataque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Estamos en condiciones de hacer el lanzamiento al mercante? –pregunta Figari.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Si, mi comandante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡Fuego tubo 4! –ordena Figari.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos en el puesto de comando se encuentran expectantes. Los hombres encargados del sonar vigilan el torpedo y su objetivo, y después de 15 minutos, el sonarista informa que el proyectil ha impactado en el barco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queda poco para volver. La manada se prepara para el regreso a casa. Por radio se escucha que habrá segunda vuelta en las elecciones presidenciales entre Bachelet y Piñera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cabo Saravia celebra su cumpleaños 33, junto a sus compañeros de guardia. Bebemos y brindamos con cola de mono, piscolas y cervezas. También se aprovecha de celebrar "La noche de los búhos", una tradición en los submarinos que consiste en no dormir la madrugada previa a la llegada. Allí el teniente Pájaro toma la palabra y brinda. Lo escuchan hombres de mar y un par de oficiales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Quiero agradecer la comprensión a la guardia y estoy contento con ustedes –dice con el vaso de cola de mono en lo alto–. Estamos a punto de regresar y nos vamos a encontrar con la familia. Hay tantas cosas que decir y hablar con ellos. Gracias por el empeño que pusieron y el espíritu. Y por haber llegado sanos y salvos al hogar. Espero que se lleven el mejor recuerdo de este submarino. Fue un año difícil. Y gracias a todos. Feliz cumpleaños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Brindamos. Nos quedamos un rato más. Hablamos de los 52 días de travesía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Quien ganó el campeonato de ajedrez?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Contreras arrasó con todos. ¿Y te acuerdas del campeonato de barbas? La más frondosa y la más cuática.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Fueron 52 días, del comandante al último cabo, compadre. Puras barbas. ¿Y la mejor película del viaje?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Harry Potter.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Saravia revisa un par de cartas de sus dos hijos. Las abrió, pero aún no las ha leído. El mayor, de ocho años, le dice que lo quiere mucho, que juega con su hermano y que le ha ido bien en clases, menos en matemáticas. Su hijo menor, de tres años, le dibujó unos monitos y la palabra "papá". Se pone de pie y se despide. Sólo quedamos el teniente Pájaro, el cocinero, cabo Reitchel, el suboficial Rojas y yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Antes de irnos a Francia, mi hijo era un niño. Y ahora está hecho casi un hombre –recuerda el cabo Reitchel–. Para uno es casi un orgullo y un sueño ver a la familia. Verlos, abrazarlos y decirles tantas cosas... Y a veces uno ve todo muy pequeño. En este submarino tan chico se pierde la perspectiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El suboficial Rojas observa sin decir nada. Toma un poco de cola de mono y lo mira. Duda. Luego su expresión se hace menos pétrea. Me pongo de pie y doy las buenas noches. Me subo con esfuerzo al camarote. Pienso en la palabra "perspectiva" y cierro los ojos. Opto por doblar las rodillas. Duermo dos horas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;EL REGRESO DE LA MANADA&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mañana del lunes, cerca de Talcahuano. El submarino "O'Higgins" se prepara para "aflorar" y llegar a su hogar. La manada está vestida para la ocasión. Después de casi cuarenta horas sumergidos, el buque comienza su ascenso a la superficie. Quince metros antes de llegar al nivel del mar, el submarino recibe la fuerza de la corriente y hace que pierda estabilidad. Entonces, cabecea y se mueve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Les habla el comandante. Estamos a minutos de aflorar cerca de la bahía de Concepción. Debo agradecer a la dotación por su extraordinaria y excelente comisión. Bravo por el submarinismo. Atrincar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guardo un libro, unas poleras y el chaleco en mi bolso. Los cabos, que duermen en la sala de torpedos, el lugar más espacioso y cómodo del submarino en tiempos de paz, se cambian de ropa. Otros se bañan en las duchas que miden milímetros. Tomo la cámara fotográfica, el cuaderno y me preparo para subir a cubierta. Pasan un par de minutos y por los altoparlantes el comandante avisa que el "O'Higgins" está en la superficie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Camino hacia la sala de mando y la guardia colorada me llama. El cabo Oportus me entrega una carta de navegación y me dice que la suba al puente de mando, en lo más alto de la vela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Atento puente de mando, el sargento Miranda va a subir con carta de navegación –dicen, refiriéndose a mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada miembro de la guardia me da la mano. "De verdad, muchas gracias", les digo. Me da vergüenza y me siento un tarado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salgo por primera vez después de cuarenta horas al exterior. Las escaleras me reciben nuevamente con cariño y golpeo mi cuerpo con generosidad en cada peldaño. El cielo está nublado, el mar se encuentra algo picado y yo atino a ver el horizonte. El comandante sube junto al contraalmirante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ésta es la mitad de la naranja. Llegar a la casa, regresar al hogar –grita el comandante Figari–. Qué increíble estar aquí, almirante. Zarpar en desde Cherburgo, Francia, y estar aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Yo vi nacer el submarino, desde una plancha de metal hasta ahora –responde el almirante, que en marzo pasará a retiro–. Y veo llegar este buque a su base. Es la culminación de una carrera a tope.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los submarinos de la flota, el "Simpson" y el "Thompson", se acercan a recibir al recién llegado. Luego aparecen aviones, veleros y helicópteros. La manada sale a cubierta a recibir los honores de la llegada. Todos parecen felices. Talcahuano se ve cada vez más cerca, como si el universo se resumiera en esa bahía. Sobre la cubierta, la dotación se forma. Saco fotos, mientras el mar golpea a un par de centímetros de distancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Después de tres años y tres meses –dice el cabo Ricarte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Siempre con el Manuel –recuerda el cabo Ramírez–, cuando salíamos a las pruebas en Francia, hablábamos de este momento. De estar formados a unos cuantos metros de la familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Esto si es llegar a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los hombres sonríen, saludan a los barcos. El "O'Higgins" y su manada están muy cerca del hogar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto, el suboficial Rojas se me acerca. Su rostro de piedra sigue igual, pero sus ojos están distintos. Los tiene algo así como tristes. Como si de pronto un recuerdo o un dolor se le hubiese inyectado en la mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Sácame una foto, por favor –susurra–. Éste es el final de mi último viaje y nunca más estaré en la cubierta de un submarino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonríe con los ojos pegados en la cubierta. Me agacho, le digo que mire hacia el horizonte y disparo dos veces. Rojas fija su mirada hacia el mar por cerca de un minuto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Es mi última foto. Los ciclos se cumplen. Éste fue mi primer puerto, en la isla Quiriquina. Llegué a lo máximo que pude. Son sentimientos encontrados, arribar a Chile y encontrarse con todo lo que uno dejó. Pero también dejar todo lo que uno siempre ha querido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rojas mira al puerto. Baja la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bueno, bueno... –dice–. El fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El "O'Higgins" llega suavemente a su lugar de recalada. La gente aplaude y ríe, mientras que un gran helicóptero Puma pasa por sobre las cabezas a unos 30 metros de altura, rugiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La manada se dirige con rapidez a abrazarse con su gente. Rojas camina por el muelle y divisa a su esposa y a su hija, que está más grande y quiere estudiar Medicina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Hola, las echaba de menos –dice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Yo también –le responden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrazos, besos. Un hombre viejo, de ojos azules y cabeza blanca abraza a su hijo. "hijo mío" dice. Hace el saludo militar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–De regreso, hijo mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ambos miran hacia atrás. El submarino "O'Higgins" está en su nuevo hogar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;&lt;u&gt;Datos técnicos del submarino ''O'Higgins''&lt;/u&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;center&gt;&lt;object width="425" height="350"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/gg_PBGrc-DE&amp;rel=1"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="wmode" value="transparent"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/gg_PBGrc-DE&amp;rel=1" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="425" height="350"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;/center&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Año: 2005&lt;br /&gt;Desplazamiento: 1.700 tons.&lt;br /&gt;Armamento: 6 tubos lanzatorpedos 21"&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Potencia de Maquinaria: 2.9 MW&lt;br /&gt;Velocidad Máxima: 11 Nudos en superficie; 21,5 Nudos sumergido&lt;br /&gt;Eslora: 66 mtrs.&lt;br /&gt;Manga: 6,2 mtrs.&lt;br /&gt;Calado: 5,5 mtrs.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comandante: CF. Cristian Figari Oxley&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5614415344836217065-8184306318231273288?l=bibliotecanaval.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecanaval.blogspot.com/feeds/8184306318231273288/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5614415344836217065&amp;postID=8184306318231273288&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5614415344836217065/posts/default/8184306318231273288'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5614415344836217065/posts/default/8184306318231273288'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecanaval.blogspot.com/2007/08/viaje-bordo-del-submarino-ohiggins.html' title='Viaje a bordo del submarino &apos;&apos;O&apos;Higgins&apos;&apos;'/><author><name>Kolbus</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07057833494137172146</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry></feed>
